SIQUEIROS DE CARNE Y HUESO

Irene Herner conoció de cerca a David Alfaro Siqueiros como artista y como ser humano, porque él acudía a la galería de sus padres. Así, desde hace más de 30 años la historiadora del arte ha investigado, recordado y escrito otras facetas del pintor, mismas que incluyó en el libro Siqueiros documentado. Testimonios de un proceso creativo, obra que no sólo documenta la obra sino la vida de uno de los tres grandes del muralismo nacional.

El volumen se presentó en el Aula Mayor de El Colegio Nacional, bajo la coordinación del colegiado Vicente Quirarte, como un homenaje al artista en el cincuentenario de su muerte. El libro contribuye a redescubrir una parte de la obra de Siqueiros, teniendo como eje una frase que Siqueiros le dijo al periodista Julio Scherer: “para mí no hay belleza que pueda compararse a la acción, ni la del arte, por el que he dado la vida”.

“Este libro se concentra en la segunda oración de ese dicho, pues, al fin y al cabo, la memoria de la vida es la dedicación. Siqueiros se dedicó a pintar y a pensar el concepto de arte público como una manera de participar en la reconstrucción de México, después de la Revolución de 1910, en la que fue soldado: Siqueiros, desde siempre tuvo que ver con el arte, la teatralidad y la danza”, destacó la autora durante la presentación de la obra.

Irene Herner muestra a Siqueiros en el libro desde una perspectiva hasta hoy desconocida. Mónica Ruiz la acompaña en este empeño.

Hace más de tres décadas que Irene Herner se ha dedicado a la investigación sobre el artista, a recuperar la historia de su dedicación al arte, especialmente en los tiempos de adversidad, de exilio y de encierro, donde Siqueiros se ayudaban a mantener su vida cotidiana, dentro y fuera de la cárcel, a través de la pintura. Así, ha documentado más de 200 pinturas, ha catalogado alrededor de 850 obras e hizo una selección de 57 piezas.

Mónica Ruiz, exalumna de Herner, se sumó al proyecto hace 15 años y ambas se dieron a la tarea de editar diversos documentos para darles continuidad y forma de libro. El arte observó a David Alfaro Siqueiros desde las iglesias católicas, desde los cristos sangrantes y torturados de sus altares, desde las arquitecturas coloniales, desde las obras barrocas de Tonanzintla, y desde lo diverso de sus vírgenes, santos, ángeles, y garigoleos cósmicos.

En particular, lo atrajo la virgen de Guadalupe, que era en lo único que creía su abuelo paterno, apodado “Siete filos”, que se lo llevó a vivir por largas temporadas a Irapuato. Siqueiros estudió a fondo las obras de los grandes maestros de la tradición artística de Occidente y compartió varios movimientos del modernismo, especialmente a Cézanne, al cubismo, al futurismo y a la pintura metafísica, de acuerdo con Herner y su colega Ruiz.

Siqueiros propuso producir una obra mestiza, no sólo “mestiza” como sustantivo, sino entendida como verbo, como la acción de yuxtaponer, formas y colores con la diversidad de experiencias adquiridas dentro y fuera del territorio mexicano. Habló de apropiación y no copia, de formas realistas y no ilustraciones. Su capacidad de “mestizar” lució en las obras que produjo en Los Ángeles, Argentina y Nueva York, entre 1932 y 1937.

Para Siqueiros, sus caballetes eran como murales móviles o estudios para murales, pues los cuadros de caballete tenían el destino inevitable de formar parte de muros privados, y hasta llegó a confesar que “lástima por aquel final ¿en qué van a vivir mis pobres pinturas transportables?”. Sin embargo, el artista consideraba que cada una de sus pinturas era una matriz que estaba hecha para ser reproducida mecánicamente, de tal modo que reunir una selección de sus pinturas en este libro les devuelve su ser públicas y su poética social.

Aspectos de la presentación del libro en la Ciudad de México.

Herner: “Siqueiros halló el corazón, el esqueleto y lo mitológico que hace vibrar las formas con las que inventó universos y utopías. Él pensó que sus obras monumentales tendrían tal efecto en los espectadores, que transformarían su manera de ver y de pensar, y, por tanto, cambiarían su vida. El arte cambiaría su vida, la vida social, las relaciones humanas. Siqueiros siempre se reveló, desde muy joven, como un pintor de gran oficio”.

El volumen ofrece un giro de tuerca al llevarnos de viaje a la intimidad de 57 caballetes del maestro, explicados e interpretados a través de la mirada experta y sensible de Irene, pero no solo eso, nos muestra cómo la documentación se convierte en una acción de traducir, entretejer y esclarecer, porque documentar la extensa producción de un obsesivo de la plástica como lo fue Siqueiros ha exigido un conocimiento muy especializado.

Siqueiros aparece como un experimentado radical, como un artista fascinado por el cine, la fotografía y la posibilidad de animar la pintura. De ahí su uso de la piroxilina, pintura automotriz que le permitía lograr efectos brillantes y resistentes, y sus ensayos con aerógrafos, pistolas de aire y barnices que anticipan técnicas contemporáneas. A todo eso él llamaba “estética del proletariado”, alejada de lo académico y abierta a la modernidad.