EL DESEO SIN CARTA PARA LOS REYES MAGOS: 65 MIL PESOS. EL PRECIO DE MARY PARA EXISTIR
Ella estaba sentada a una orilla del camino, vigilando a los tres niños que a estas alturas se han acostumbrado a permanecer bajo el sol, la lluvia o el frío, cuidándose de los carros mientras juegan, porque no dejan de hacerlo, mientras que su prima hermana entre los vehículos extiende la mano pidiendo monedas.
En cuanto me acerqué los niños me rodearon ¿quién eres? ¿qué traes en la bolsa? ¿cómo te llamas? Su inocencia es infinita. No conocen a Santa Claus ni a los Reyes Magos, y sin embargo buscan sorpresas que el asfalto no ofrece. Tal vez aún no sean conscientes del hilo delgado en el que pende su existencia.
María, o como ella se presentó conmigo: Mary, viene de Honduras y, aunque el grupo parece pequeño, su red de protección es total: viaja con su prima y esos tres niños ansiosos de aventuras importantes, esas que ellos imaginan. No habla muy bien el español, entre ellos se comunican en una lengua distinta, tal vez garífuna, sin embargo, nos entendemos. Sus ojos, inundados de tristeza y hartazgo, sin luz, se encuentran con los míos. Sus palabras son pocas marcadas por la desesperanza. Su voz es pausada, sin prisa. Por qué la tendría si está situada en un abismo.

La urgencia de María no está ahora en un destino, ya no lo tiene, no puede ir al Norte, tampoco es opción regresar al Sur. Ahora toda su vida gira en torno a estar en regla para poder existir. Sin papeles sus hijos no pueden ir a la escuela y ella no puede trabajar.
Piden monedas todo el día, y después regresan a León, al hotel barato en el que pueden descansar mientras el sol vuelve a salir, solo que no descansan, cuentan el dinero una y otra vez. Llevan tres meses así, respirando porque están vivos, y nada más.
“Salimos de Honduras por la violencia, allá muchos matan, por nada te matan.”
Mary huyó de un país donde el 41% del total de la población vive en la miseria, pero aquí la miseria tiene otro nombre: anonimato. Honduras figura entre los países con más altos índices de violencia, crimen organizado y extorsión del mundo. Esto hace que la supervivencia sea compleja.
Sin embargo, colgarse la mochila al hombro y salir implica mucho más que un arrebato, una decisión tomada a las apuradas o un capricho. Se traduce en dar lo poco que se tiene para poder pasar la frontera.
“La aduana para pasar a México cobra 7 mil lempiras (4776.49 pesos mexicanos), aparte, si llevas niños y no tienes documentos de ellos te cobran hasta 300 quetzales (704.49 pesos mexicanos) por niño”.
Una vez que han logrado pasar al territorio mexicano viene el duro trayecto, estado tras estado hasta alcanzar la frontera con todo lo que ello implica, solo para darse cuenta de que el muro impuesto es tan rígido como el puño de quien gobierna ese país.
“Queremos llegar al otro lado, pero la cosa está fea con Donald Trump. No pudimos pasar. Nos regresaron”.
El paisaje, el idioma, las costumbres cambian de un sitio a otro para ella, pero no la violencia, la pobreza y la marginación de la que intentaron escapar solo para darse cuenta de que paso a paso, vuelven a ellas sin importar los kilómetros recorridos.
“De todas maneras, el camino de los migrantes es muy feo, la misma policía te quita tu dinero”.
Ahora, incluso, tienen una situación más vulnerable que antes porque sin papeles no son nada, no hay leyes para ellos, siguen en el desamparo. Se han vuelto anónimos, están expuestos a tantas cosas mientras viven presos en un mundo de corrupción y trampas.
Las cifras oficiales calculan que la desaparición de migrantes en territorio mexicano va en aumento. Jamás sabremos con precisión la medida exacta. Para el estado son estadísticas, para Mary es el peso de su realidad.
“Estamos en León para sacar documentos. De cada uno de nosotros son 13 mil pesos para obtenerlos.”

Es así, como para ellos, existir con derechos se traduce en 65 mil pesos. Solo son migrantes. Pertenecen a ese sector que nadie quiere ver. Mary podríamos ser cualquiera de nosotros, pero mientras sea ella, es posible, para muchos, cerrar los ojos y seguir de largo.
Mientras tanto, los niños no tienen una escuela a la cual ir cada mañana, ni un hogar al cual regresar. Su madre no puede tener trabajo, recibir atención médica y mucho menos pensar en el progreso. Solo pueden pedir dinero. Como dice Mary: “Tenemos que ir wacheando para poder ir sobreviviendo.”
Wachar no es una palabra que haya cruzado con ella la frontera, la recogió en el camino y se le ha pegado al cuerpo tanto como el polvo de la carretera. Es el estado de alerta permanente de quien no espera una estrella en el cielo, sino una patrulla en la esquina.
El calendario para ellos no importa. Apenas si se dieron cuenta de que pasó la Navidad porque no se detuvo a abrazarlos. No hubo una cena, ni juguetes que los niños pudieran esperar, y mucho menos regalos. Solo el frío de la noche invernal calando los huesos en ese cuarto barato que tampoco les pertenece, pero que ahora es todo lo que pueden tener.
La entrevista con Mary sucedió la mañana de Año Nuevo, ella ni siquiera se había dado cuenta de esto. Su preocupación estaba en el dinero, en los papeles, en juntar lo que necesitan para poder dejar de ser fantasmas en tierra ajena. En tanto ella cuenta monedas para comprar su derecho a existir, el mundo se prepara para celebrar una historia que Mary está repitiendo sin saberlo.
Mientras nosotros festejamos la llegada de los Reyes Magos la historia sagrada nos recuerda a otros extranjeros. Tres hombres venidos de lejos, guiados por una estrella hasta un pesebre en Belén. No eran reyes, sino sabios de Oriente que llegaron con recursos y reconocimiento para postrarse ante el niño Jesús. Abrieron tesoros de oro, incienso y mirra para ofrecérselos; Mary, la de Honduras, en cambio, solo abre las manos esperando que caiga el peso que le falta.

María, la otra María, la que es virgen, también salió huyendo a Egipto para salvar la vida de su hijo por instrucciones de un ángel del Señor. Jesús fue un niño migrante, María y José los padres desplazados de su tiempo por la violencia de un gobernante. Egipto no fue un destino turístico para ellos, sino un refugio.
Hoy no hay estrella que guíe a Mary ni regalos que lleguen desde ningún Oriente. Hay un cruce, monedas que caen o no caen, un hotel barato y tres niños en cuya carta invisible está el anhelo de los 13 mil pesos que cuestan sus documentos. La historia sagrada dice que a un niño migrante lo reconocieron y lo protegieron. La de ahora sucede frente a nosotros, todos los días, y casi siempre seguimos de largo.
La diferencia entre ambas no está en el nombre, sino en la manera en que el mundo ha decidido recibirlos.
One thought on “EL DESEO SIN CARTA PARA LOS REYES MAGOS: 65 MIL PESOS. EL PRECIO DE MARY PARA EXISTIR”
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💝iiQue vida tan estresante la de los migrantes, estar en espera de que alguien se conduela de ellos, la falta de empatía de las autoridades, la codicia de quienes les venden documentos. Me causó angustia!!🌹