PRÁXEDIS GUERRERO Y LOS ALTOS DE IBARRA: LAS OTRAS RUINAS QUE SE VEN

Práxedis tenía 27 años en 1909 cuando regresó de nuevo a los Altos de Ibarra, la hacienda de su familia, luego de haber sido derrotado tras levantarse en armas un año antes. Regresó solo, sin su entrañable Francisco Manrique, amigo de la infancia. 

Ahí reunió a familia y a peones. Heredero de hacienda y tierras, las legó a los suyos y repartió entre humildes y amistades sus posesiones personales. Con lo que llevaba puesto salió con rumbo al norte, a iniciar la revolución proletaria en enero de 1910.  El 30 de diciembre de ese año, su vida se apagó. Práxedis Gilberto Guerrero Hurtado, filósofo anarquista, poeta, editor, periodista y revolucionario, afiliado al magonismo, que iniciara levantamientos armados en 1908 y 1910, pasaba a la historia como un hombre de congruencia, como un olvidado revolucionario nacido en uno de los estados que en el siglo XX sería de los más conservadores del país.

Vista satelital de Altos de Ibarra. Abajo a la derecha están los restos de la hacienda donde nació Práxedis Guerrero. (Fotografía tomada de Google Earth) En la siguiente imagen: el muy joven Práxedis Guerrero, que pasó sus primeros años en la hacienda de Los Altos de Ibarra. (Fotografía: Archivo General de la Nación)

Entre libros y armas

Nació el 28 de agosto de 1882 en el seno de una familia de hacendados prósperos, que lo mandaron a estudiar a la ciudad de León, en donde cursó hasta la secundaria y trabó especial amistad con Francisco Manrique. No continuó con su formación escolar. Regresó a la hacienda familiar en Los Altos de Ibarra, en las inmediaciones de la Sierra de Lobos.

Se convirtió en un autodidacta. En la biblioteca de su familia —de ideas liberales— tuvo a su alcance a Miguel de Cervantes, Lamartine, Jules Verne, Rosseau y Darwin. Fue un lector voraz y adquirió conocimientos sobre ciencias, historia, política y literatura. Tenía una vida cómoda, disfrutaba participar en carreras de caballos, corridas de toros y los bailes de la sociedad burguesa de la región.

Su fama de joven culto y talentoso le abrió las puertas del periodismo: a los 17 años de edad publicaba artículos en los periódicos El Heraldo del Comercio, de León, y en El Despertador, de San Felipe. En 1901, Filomeno Mata lo nombró corresponsal del Diario del Hogar.

La lectura, empero, también le abrió el afán de aventura y a los 18 años viajó con su hermano a San Luis Potosí para trabajar en una cervecería y en una fundidora, como peón, caballerango, mecánico de ferrocarriles. Ahí tomó conciencia obrera y se vinculó con diarios de oposición como El Demófilo, de San Luis Potosí, y El hijo del Ahuizote, de México. Comenzó la lectura de autores anarquistas como Mijaíl Bakunin y Piotr Kropotkin, que le permitieron formarse una conciencia sobre la lucha de clases.

Ávido de aventura y con la confianza en el liderazgo político del gobernador Bernardo Reyes, en 1901 se enlistó en el ejército en Nuevo León. Como era diestro jinete y hábil con las armas se convirtió rápidamente en subteniente de caballería. 

Un par de años después, con el deseo de conocer el mundo, licenció del ejército y se fue a Estados Unidos con su amigo Francisco Manrique. Trabajaron como mineros, leñadores, en los muelles y en Denver como estibadores. Fueron nuevas experiencias que reforzaron su conciencia social en un país inserto en la lucha sindical anarquista.

Altos de Ibarra: los restos de la hacienda, casas de peones, arco de la entrada a la casa grande. (Fotografías: Alejandro Monzón)

La conversión anarquista

Hombre de letras, en 1905, Práxedis editó su primer periódico, Alba Roja, en San Francisco, California, en el que difundía sus ideas anarquistas y revolucionarias. En septiembre de 1905, Práxedis y Francisco se trasladaron a Morenci, Arizona, donde consiguieron trabajo en los talleres de la fundición de Detroit Cooper Mining. Ahí conocieron a Manuel Sarabia, miembro del Partido Liberal Mexicano (PLM) que era encabezado por Ricardo Flores Magón. Ambos guanajuatenses se unieron a la lucha magonista que buscaba derrocar a Porfirio Díaz para establecer un gobierno anarcosocialista. Práxedis fue invitado a colaborar en el periódico Revolución, impreso que sustituyó temporalmente al en ese momento censurado Regeneración, el gran periódico del magonismo.

En 1908, Guerrero, al mando del Partido Liberal, y su amigo Manrique planearon un levantamiento armado en Las Vacas (hoy Acuña) y Viesca, Coahuila. A pesar de ser descubiertos iniciaron la rebelión y el 30 de junio fueron derrotados en Palomas, Chihuahua. Manrique fue abatido al quedarse sin municiones cuando intentaba tomar la aduana.

Práxedis regresó a Estados Unidos para recabar apoyos y conseguir armas y fundó el periódico Punto Rojo, que editaba mientras trabajaba en un aserradero. Por subversivo, el gobierno de los Estados Unidos ofrecía una recompensa de 10 mil dólares por su cabeza.

El sanfelipense juntó fondos y gente y se preparó para continuar la revolución, con el dolor de haber perdido a su amigo del alma. Fue entonces que retornó en 1909 y fue a la hacienda de sus padres, para repartir sus bienes y herencia entre peones y gente pobre. Sin riqueza alguna, siguió con su causa: conformó milicias y organizó escuelas libertarias, grupos de teatro, conciertos, entretenimiento y conferencias. Era apasionado partidario de la educación pública laica y crítica.

En enero de 1910, el magonismo se volvió a levantar en armas y Práxedis fue el principal líder militar. Su consigna, tomada de los anarquistas rusos, fue “Tierra y Libertad” (que luego retomaría el zapatismo).

Altos de Ibarra: muros que vieron nacer y crecer al revolucionario, la gran troje. (Fotografías: Alejandro Monzón)

Las tropas magonistas, mal armadas, pero bien organizadas, avanzaron hacia el norte para conseguir armas y de ahí regresar al sur a combatir a Porfirio Díaz, pero sin unirse a Francisco I. Madero, por considerar que era un burgués que confrontaba a otro burgués. En la madrugada del 19 diciembre de 1910, el grupo atravesó el río Bravo por Paso del Norte (Ciudad Juárez) para consolidar la presencia del PLM en Chihuahua.

Se apoderaron de un tren y el día 29 llegaron a Janos, al noroeste de Chihuahua. Alrededor de las 10:00 de la noche rodearon los edificios gubernamentales para capturar a la población. Fue un combate nocturno. Cuando amaneció, encontraron muerto a Práxedis, quien recibió un disparo de bala en la cabeza. Los guerrilleros del Partido Liberal Mexicano (PLM) se retiraron luego de quemar los archivos públicos municipales. Se llevaron el cuerpo de su comandante y lo enterraron en un lugar oculto. Luego sería encontrado y se le sepultó en el panteón de Janos. En su tumba se puso como fecha de muerte el 29 de diciembre, pero existen versiones que indican que fue abatido después de la medianoche.

El 9 de noviembre de 1935, los diputados chihuahuenses declararon Benemérito del Estado a José Práxedis Gilberto Guerrero Hurtado y que los restos del revolucionario, al que dieron grado de general, fueran trasladados al panteón municipal de la capital del estado. Los colocaron en una sencilla tumba, con el epitafio de una de sus frases: “La justicia no se compra ni se pide de limosna, si no existe se hace”.  

Altos de Ibarra: pisadas de historia; lo que queda de entrada al patio principal, testigos de tiempos mejores. (Fotografías: Alejandro Monzón)

El regreso a los Altos de Ibarra

La revolución magonista no triunfó, pero sus pensadores fueron los principales promotores de los artículos con visión social y libertaria de la constitución de 1917.

La revolución que iniciaron los burgueses fue la triunfadora y ganó el poder en el siglo XX. El recuerdo de Práxedis y su amigo Francisco Manrique quedó fuera o en el margen de la historia escrita por los vencedores.

Vino el reparto agrario y las haciendas desaparecieron. Altos de Ibarra, a la que ahora se puede acceder con relativa facilidad por la carretera León-San Felipe, se convirtió en una ranchería más, envueltas en el polvo del camino y el frío de la sierra.

El viajero Alejandro Monzón describe así la vuelta a la tierra donde nació Práxedis:

Al llegar a la hacienda, observo a la izquierda los restos de pequeñas habitaciones de adobe, que seguramente fueron las viviendas de los peones. Me bajo del vehículo y noto cómo la altura del sol sobre mi cuerpo, proyecta una sombra que se extiende hacia las antiguas y pobres viviendas y alzo el puño izquierdo en homenaje. Tal vez aquella injusta vida de los peones fue la que prendió en su momento el alma del héroe.

Como casi todas las haciendas mexicanas las antecede una amplia plaza que marca la distancia socialmente a los habitantes. Al lado siniestro mirando el sol salir las casas de los peones, al fondo contrario el macizo de la hacienda se impone ominosa. Se nota que fue una obra de generaciones la construcción de la edificación. Me acerco. Hay una entrada marcada por dos columnas de piedra, donde seguramente se encerraban recuas y otros conjuntos de animales. (…) Aquí tuvo que haber muchos de todos esos, noto desde el camino varios aguajes que aún sirven para hidratar a vacas y otros animales. Seguramente existían desde tiempos de la hacienda. 

Salgo del enorme corral y me dirijo a una de las entradas. La misma luce sin señas de cualquier puerta, hace mucho que fue consumida por las necesidades de la comunidad, cuando la hacienda dejó de existir como ente económico y social. Algo que debió ocurrir durante la época de la reforma agraria cardenista. Un arco luce entero, pero uno trasero parece que se vino a tierra no hace mucho. Las piedras aún muestran la cal blanca sin señales de oxidación por el tiempo. Esa entrada posee una tronera desde donde en diagonal se mira directamente a la entrada. Tiene suficiente espacio para ubicar un rifle. De hecho, a todo lo largo de los muros aún se miran estos artilugios arquitectónicos, para impedir que el edificio fuera tomado por quien no debía hacerlo. Caería sin embargo por los mismos clamores que hicieron alejar a Práxedis de ese lugar muy joven y que lo llevaría finalmente a la mañana de Janos, Chihuahua del 30 de enero de 1910; donde fue visto a través de la mira de un mauser como un hombre, pero el que cayó fue un héroe. 

Altos de Ibarra: entrada al granero, vestigios del esplendor de una hacienda de liberales, si estos arcos hablaran… (Fotografías: Alejandro Monzón)

Ingresé al edificio por la entrada que mira al oriente la de la luz; ahí estaban sus pasos en la vigilia del militante, esperando a ser entendidas sus razones para alejarse de ese sitio. El mundo pequeño y vil del hacendado no era su destino, sino el del amanecer del combate en favor de los oprimidos.

Me alejo yo también del emplazamiento emocionado y como me prometí frente al sol aún con atisbos del amanecer con el puño en alto. Me detengo frente a la pequeña escuela rural cuyo preescolar lleva su nombre. Él que fue impulsor de la escuela racionalista se habría sentido contento, que los descendientes de los peones de la hacienda de su familia acudan a ella.

(…)

Recuerdo la frase inscripta en la base de la estatua del Pípila en Guanajuato, colocada ahí en lo más álgido del cambio cardenista: “Aún hay muchas Alhóndigas que incendiar”. La pudo haber dicho también Práxedis.

Altos de Ibarra: mirada al cielo desde el recuerdo, la escuela lleva el nombre del héroe, las ruinas que aún se ven. (Fotografías: Alejandro Monzón)

Fuentes

Carlos Arturo Navarro Valtierra, “La Revolución Mexicana en León, Guanajuato”, Revista Tiempos, órgano de divulgación del Archivo Histórico Municipal de León, número 115, noviembre/diciembre de 2009.

Eugenio Martínez Núñez, La vida heroica de Práxedis G, Guerrero, Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, México, 1960.

Alejandro Monzón, “Práxedis Guerrero: visita a la ex hacienda de Altos de Ibarra, en San Felipe Guanajuato”, publicada en Facebook el 31 de diciembre de 2021.

Jesús Vargas Valdés, Práxedis G. Guerrero y la otra revolución posible, Brigada para leer en libertad, libro electrónico.

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