ALGODÓN DE AZÚCAR
La venta de algodones de azúcar en México viene desde la época colonial, cuando los españoles trajeron el cultivo de caña de azúcar al país. Además de vender víveres, ropa, calzado, y artículos de uso cotidiano, los estanquillos comenzaron a vender dulces, entre los que estaban los algodones de azúcar, tan vistosos por sus formas, colores y sabores.
Permanecieron en los estanquillos durante muchos años y ya en el siglo XX, en la Ciudad de México, salieron a las calles para popularizarse en la década de 1940. Fue cuando los puestos ambulantes de algodones de azúcar comenzaron a verse en ferias, verbenas y toda clase de actos masivos. Y en ese tiempo también nació una tradición familiar y divertida.
Se trata de aglomerarse alrededor de las máquinas de las que salen, en dirección al cielo, los hilos de algodón de azúcar. Familias enteras, desde las abuelas y bisabuelas, hasta los nietos y bisnietos, rodean a la pequeña fábrica de esas nubes dulces para “cazar” con la mano, el bastón o lo que sea, una brizna y engullirla antes de que alguien se la arrebate.

El dueño o encargado del negocio no protesta ni se enoja porque una parte importante de sus algodones se queda en las manos de quienes más suerte tuvieron o brincaron más alto para atrapar 10, 20, 30, o más centímetros de hilo de colores. Menos aún le incomoda que otra parte de su producto se quede atorada en los cables de luz o las ramas de los árboles.
En la capital del país hay lugares y fechas señaladas para observar con alegría o participar con interés y astucia en esa tradición. Uno de ellos es la Alameda Central, especialmente cuando allí se instalan ferias que congregan, por un lado, a vendedores de muy diversos artículos y alimentos, y por otro, miles de personas que desean un rato de esparcimiento.
Otro es el Zócalo, la enorme plaza peatonal flanqueada por la Catedral Metropolitana, el Palacio Nacional, los dos edificios del gobierno capitalino, y el Portal de Mercaderes. En ese espacio se instalan fiestas populares en el transcurso del año (15 de septiembre, Días de Muertos, y las celebraciones de Navidad y Año Nuevo) los algodones están presentes.
El Bosque de Chapultepec con su Parque Urbano Aztlán, zoológico, lagos y avenidas, es otro punto de reunión familiar los 365 días del año es igualmente punto de reunión de vendedores de algodones de azúcar. En síntesis, los algodoneros se convirtieron en una parte sustancial de la cultura popular de la Ciudad de México, ofreciendo también alegría.

La cultura popular de la CDMX es rica y diversa. Los algodoneros son un ejemplo de la tradición y la diversión que se puede encontrar en las calles. Ellos no sólo venden dulce, también ofrecen un espectáculo, con sus máquinas que giran y lanzan hilos de azúcar al aire. Para muchos mexicanos, traen recuerdos de infancia, de ferias y eventos familiares.
La creatividad de los algodoneros les ha permitido atraer a los clientes, con colores, luces y formas divertidas. La cantidad de algodones que pueden vender cada día varía, tanto del lugar donde se instale como de la época del año. Sin embargo, de acuerdo con Jaime José Escamilla Salgado, algodonero del Zócalo, puede vender entre 200 y 400 algodones.
“Es un negocio familiar, tradicional e informal. Mi abuelo, Jaime Escamilla López, mi padre, José Escamilla Gómez, y yo, nos dedicamos a esta actividad desde siempre. Es una forma divertida y muy noble de ganarse la vida. Más allá de degustar los nuevos sabores que hemos incorporado, la tradición de cazarlo también se transmite de padres a hijos”.
Tras señalar lo anterior, Jaime José habló de la rentabilidad del negocio. “La inversión inicial es relativamente baja, ya que solo necesitamos una máquina para hacer algodones de azúcar, azúcar, colorantes, y electricidad para hacer funcionar la máquina. El precio de venta de cada pieza oscila entre 10 y 50 pesos, según la ubicación y la verbena que sea”.

Para el entrevistado, quien conoce el devenir histórico, social y cultural que han tenido esos algodones desde que la caña de azúcar se asentó en México, el negocio puede ser rentable si se gestiona de manera eficiente y se encuentra un nicho de mercado. Algunos algodoneros, sostiene, pueden obtener ganancias entre 200 mil y 500 mil pesos al año.
Esos dulces se elaboran con azúcar, agua y un poco de colorante, que se calienta hasta que se derrite y se estira en hilos finos. La textura es suave y esponjosa, y se deshace en la boca. Sobre los sabores, explicó que pueden ser de fresa, vainilla, limón, y otros más sofisticados, como café, chocolate, y combinados. “La imaginación pone el límite”, dijo.
Se estima que en la capital hay alrededor de 500 vendedores de algodones de azúcar. Las nuevas generaciones, como Jaime José, investigan el mercado, seleccionan un lugar estratégico para vender, crean menús, compran máquinas modernas, obtienen los permisos necesarios, ¡sin dejar de echar a volar hilos de algodón para que los atrape quien pueda!
(Vídeos: Graciela Nájera Sánchez)

