VENUS EN EL ESPEJO: SOBREVIVIR AL MUNDO INVISIBLE

Ella se maquilla para ocultar su rostro… lo demás son sombras. Lo demás son secretos.

Arthur Golden, Memorias de una Geisha

“Tengo un nombre real y otro de profesión, soy la misma persona con dos personalidades diferentes, dos metas diferentes, dos sueños diferentes”. Así inició la entrevista.

Karen y Venus no son dos mujeres, sino las dos caras de una misma estrategia de supervivencia. Karen es madre de tres hijos y exempleada de farmacia en la que su madre era también la supervisora, por lo que la frontera entre la casa y el trabajo no existía. Su vida se fracturó cuando perdió el empleo, la casa y la confianza de su madre. En ese quiebre nació Venus.

Para entonces, el único camino posible que encontró fue el refugio que una amiga le ofreció al recibirla en su casa junto a sus tres hijos. “Cuando hice eso le quité a mi madre el control sobre mi vida, sin embargo, no se aligeró la presión, la aumentó… pronto llegó la desesperación”. Porque a pesar de todo, en esta historia, hay una mujer que jamás ha olvidado que ella es, y siempre será, el único sostén de sus hijos.

Karen y Venus no son dos mujeres, sino las dos caras de una misma estrategia de supervivencia. (Fotografías publicadas con autorización de la entrevistada)

“Desde hacía seis meses, una chava me insistía mucho que me iría muy bien en un Table Dance, pero la verdad es que no me había animado”.

Y así, Venus inició su camino totalmente vulnerable, inexperta, con miedo.

“Ella me mandó al Table. Nunca en la vida había usado lencería. En ese tiempo ni zapatillas usaba, yo siempre he sido de tenis y botines rokerones. Cuando la gerente me vio usando el vestido que llevaba me dijo que tenía vestuario que podría prestarme. Todas eran prendas de tres pesos de tela, le dije que cómo me iba a poner eso y ella me insistió en que me iba a ver muy bonita. Muy nerviosa hice caso porque los de la experiencia eran ellos. Sentía mucha pena de salir así. Hasta pensé en regresar a mi casa, a la farmacia, pedir perdón y volver a lo de antes. Pero yo había dicho que podía y lo haría, así que me quedé, y salí.

Sin saber cómo hablar o actuar, enfrentó su primera noche. “Ese día nos llevaron a otro bar, recuerdo que había gente y un señor me empezó a coquetear, yo soy muy fría, me llamó pero le dije viejo asqueroso y me alejé de él. No sabía qué se hacía. Ni siquiera sabía que existían los tables en mi ciudad, León, pensé que solo existían en las películas. Una compañera me dijo que ella me enseñaría. Ahí me di cuenta de que el señor que me había llamado antes era el patrón”.

Se convirtió en lo que se conoce “una novia de alquiler”: acompañar, conversar, bailar y tomar con los clientes a cambio de fichas.

“No me gustaba ir a las mesas, soy sociable y agradable cuando la persona me cae bien, pero cuando la vibra de la persona es muy pesada tiendo a cerrarme. Eso es algo que me ha costado mucho trabajo”.

El impacto económico fue inmediato: “Ese primer día gané como dos mil pesos, lo que antes me pagaban en la farmacia por mi trabajo de toda una semana, al tercer o cuarto día gané diez mil y no podía creerlo… Mi mamá alguna vez me dijo que mientras no fuera ‘teibolera’ y ganara 10 mil pesos al día tenía que respetar las reglas del trabajo, eso me dio directo en el ego y pensé que era hora de demostrar que podía”.

Sin embargo, el éxito financiero tiene un costo: “Muchas veces he colgado las zapatillas y pienso que no quiero regresar por situaciones feas que nos pasan, pero honestamente nos acostumbramos a ganar bien. Eso es lo que nos hace regresar. Yo misma me he retirado como tres veces y siempre vuelvo porque no me gusta que a mis hijos les falte algo, ni tampoco que me falte a mí”.

Venus, ha desarrollado su propia técnica. En vez de sentarse a esperar, camina por el lugar, observa. Se acerca solo cuando sabe que será aceptada porque el rechazo es una herida que tiene abierta, un trauma antiguo en el que sigue trabajando.

“Lamentablemente, aunque amo mi personalidad de Venus, no es la mejor porque está rodeada de chismes, envidias y traiciones que han puesto en riesgo mi vida. Eso me llevó a dejar de confiar en las personas, a pesar de todo tengo amigas con las que me he encariñado, nos volvemos una familia”.

En ese mundo invisible, el riesgo de desaparecer es real: “Hay ocasiones en que ni siquiera la familia sabe de nosotras. He durado semanas en otros municipios o en otros estados. La última vez estuve en Vallarta, me quedé casi cuatro meses y la familia no se da cuenta que uno no está en casa hasta que subimos un estado y hablan para preguntar dónde estamos. Si algo nos pasa, lo más seguro es que se enteren por las noticias”.

El amor, en estas circunstancias se vuelve un imposible. Al final, la soledad parece una consecuencia inevitable.

“Conocí a un chico que me ayudó a reconectar con esa parte bonita de ser yo. Logró una fusión entre Venus y Karen. Esa versión mía es la que más me gusta. He tenido parejas que me piden que deje de trabajar, y lo he hecho, pero lo que no me agrada mucho es que llega un momento en que dejan de apoyarme económicamente y no me queda más remedio que regresar. A veces hacemos acuerdos de que solo acompaño en las mesas y cero intimidad, pero aun así ninguno ha aguantado. Al final una termina quedándose soltera o evito platicarles en qué trabajo para no tener esos problemas”.

La cultura popular suele romantizar la figura de las ficheras y las sexoservidoras, sin embargo, la realidad es otra. Las jornadas son extenuantes, los excesos constantes, y la salud se va mermando.

“He pasado 48 horas continuas despierta, trabajando. Imagínate lo que implica tomar toda la noche. Mucha gente al día siguiente de la resaca no se puede ni parar, nosotras regresamos a trabajar y a seguir con el mismo esquema. Tenemos que cuidar mucho nuestro hígado, nuestra salud, nuestro cuerpo, nuestra cara, las emociones. Mi rutina normal es cortar mi día a las 2 de la tarde para dormir alrededor de 3 horas y así aguantar la jornada de la noche. Mi trabajo implica aguantar a hombres que están borrachos y creen que por invitarme una cerveza pueden hacer lo que quieran conmigo, y no, hay reglas. Aun dedicándonos a esto si decimos ‘no’ debe ser ‘no’. Pero para ellos no es así, a veces se molestan, jalan, muerden. El machismo se intensifica bastante; el 60 o 70 por ciento de los hombres son así”.

El de Venus es un trabajo en el que la belleza es trascendente, hay que lucir impecables por fuera, aunque por dentro no sea así. La belleza en este sentido no es un atributo, es una exigencia.

“Podemos estar molidas y aun así tenemos que vernos bien, usar zapatillas aun estando ebrias. Cumplir con los horarios de trabajo. Cada sitio exige un perfil, hay algunos con mujeres más llenitas, otras con chicas operadas, muy bonitas de cara, en fin. De acuerdo a eso es como pagan”.

Cuando la jornada termina, Karen vuelve a estar en ella y el choque entre mundos persiste.

“Me frustra mucho cuando me preguntan en qué trabajo. Sí lo digo, pero es algo que no entiendo para qué lo quieren saber. Mis hijos saben que trabajo de noche. Me gusta ser clara y transparente, la primera en enterarse que yo me dedicaba a esto fue mi hermana, a mis hermanos tardé más en decírselos. Vengo de una familia cristiana, mis abuelos son pastores, así que mi abuelito no tiene idea. Mi abuelita sí sabe, no está de acuerdo, pero al ser mi decisión la respeta. Tampoco es fácil con mis amigos. En mi tiempo libre lo que quiero es dormir, pero ellos quieren ir a antros y a mí ya no me quedan ganas de eso. No siempre comprenden”.

“Me gustaría que la gente entendiera que somos personas, que estamos trabajando para salir adelante”. (Fotografía publicada con autorización de la entrevistada)

El llamado de Karen es un cierre de dignidad: “Me gustaría que la gente entendiera que somos personas. Igual que una estilista o un obrero… que estamos trabajando para salir adelante. A veces la vida no se acomoda de otra forma para triunfar en otros ámbitos, aun así necesitamos más respeto y empatía hacia nosotras porque hoy juzgas y mañana quien esté aquí puede ser tu hija, tu nieta, tu sobrina. Nunca sabes si algún familiar está pasando por una necesidad muy grande y no tendrá más alternativa que esta”.

“La gente dice que el dinero no es lo más importante, pero honestamente lo es. Familia, hijos y dinero están en la misma línea. Prefiero mil veces trabajar en esto y ser juzgada por ello a tener a mis hijos en la calle pidiendo limosna, o ver que tienen que dejar de estudiar para ponerse a trabajar. Yo me estoy encargando de que no les falte nada”.

Karen y Venus se dan la mano. Juntas sostienen una vida que no es fácil o ideal, pero sí es una realidad, y, sobre todo, la base que mantiene en pie a los suyos.