DE CÁRCEL DE PESADILLA, A ESCUELA DE ENSUEÑO

El bullicio de los niños, sobre todo a la hora del recreo, es similar al de cualquier escuela de educación preescolar, primaria y secundaria administrada o incorporada a la Secretaría de Educación Pública (SEP). Y como en todos los planteles donde se forman los hombres y mujeres del futuro, no faltan historias de espantos, aparecidos y personajes que asustan.

Se trata del Centro Escolar Revolución y el Monumento a la Educación que se localiza a pocos metros de su puerta principal. Se ubica en la esquina de las avenidas Niños Héroes y Arcos de Belén, en la colonia Doctores de la Ciudad de México, frente a La Ciudadela; si ese predio hablara, seguramente contaría historias sacras, lindas, tiernas… y terribles.

Para comprender lo anterior hay que conocer la historia detrás del edificio escolar y mirar todo lo que ha existido sobre ese predio. En 1683, el padre Domingo Pérez Barcia fundó el Recogimiento de San Miguel de Bethlem, casa de asilo para mujeres pobres, viudas y solteras. La casa se terminó allí en 1686, siendo virrey el celebérrimo Conde de Paredes.

El edificio se mantiene en pie, luciendo su sólida y emblemática fachada de institución escolar. (Fotografías: Graciela Nájera Sánchez)

Al principio contó solamente con dos mujeres. Al año siguiente ya eran 50, y con los años llegaron a contarse en su interior más de 300, quienes vivieron gracias a los mecenas Juan Pérez Gallardo y Juan Chavarría Valera. Tras la muerte de los dos caballeros, la casa vino a menos y tomaron posesión de ella las religiosas de Santa Brígida, panaderas de galletas.

En 1751 se convirtió en Colegio de Niñas de San Miguel de Bethlem, para niñas pobres, popularmente conocido como San Miguel de las Mochas, desarrollándose hasta llegar a ser una institución enorme y de gran importancia, pero fue clausurada por las Leyes de Reforma en 1862, dándose el edificio como pago al Ayuntamiento de la ciudad capital.

De esa forma, pasó a ser parte del Ministerio de Justicia, y para sustituir a la cárcel de La Acordada, que se hallaba frente a La Alameda Central, y que estaba saturada, se convirtió en una nueva prisión. El jueves 22 de enero de 1863 abrió sus puertas la Cárcel de Belén, un sitio donde pronto reinó la peste, los piojos, las ratas y la tifoidea, entre otras cosas.

Durante décadas, el nombre de Belén provocó temor entre los habitantes de la ciudad. Su cupo inicial era de 600 reclusos; en 1879 ya había 2 mil, entre ellos 300 mujeres; en 1890 ya eran 7 mil internos y contaba con un apartado para menores de edad. Sus muros, altos y feos, albergaron delincuentes comunes, presos políticos, pensadores y líderes sociales.

Archivos históricos de la Ciudad de México describen que en la Cárcel de Belén hubo tiempo para que las circunstancias escribieran historias de desesperanza y supervivencia. Esa prisión se convirtió relativamente pronto en un referente clave en la vida urbana de la Ciudad de México, durante buena parte del siglo XIX y las primeras décadas del XX.

“Educar es redimir”, se lee en el “Monumento a la Educación” que recibe diariamente a alumnos, padres de familia y maestros. (Fotografías: Graciela Nájera Sánchez)

El tiempo transcurrió y, en los años del Porfiriato, personajes hoy de carácter histórico fueron huéspedes de esa cárcel, entre ellos Jesús Negrete “El Tigre de Santa Julia”, quien murió en su celda, y Jesús Arriaga “Chucho el Roto”, además de periodistas, escritores y políticos como don Filomeno Mata, Heriberto Frías, y Enrique y Ricardo Flores Magón.

Durante la Decena Trágica (1913), los rebeldes liberaron a muchos reos, quienes a modo de agradecimiento se unieron a los golpistas. Con la inauguración de la Penitenciaria de Lecumberri el 29 de septiembre de 1900, la cárcel de Belén fue cerrada y demolida en 1933. En su lugar se construyó uno de los centros escolares más modernos de esos años.

La Revolución Mexicana transformó no sólo el sistema político del país, también el modo de concebir los espacios públicos. Consecuentemente, la educación se vio como una gran herramienta, fundamental, para construir un país más justo e igualitario para todos. Fue así como nació una idea llena de simbolismo: sustituir una cárcel por una gran escuela.

Siendo presidente Abelardo L. Rodríguez se inició la construcción del Centro Escolar Revolución, obra del arquitecto Antonio Muñoz García. Entre 1933 y 1934 los muros penitenciarios cedieron su lugar a un complejo educativo moderno y funcional; donde antes se oían lamentos, ahora se escucharían voces de niños aprendiendo a leer y escribir.

El Centro Escolar Revolución abrió sus puertas el 15 de abril de 1935 como uno de los complejos educativos más importantes del país. Ocupa una manzana completa delimitada por las avenidas Arcos de Belén, Niños Héroes, Gabriel Hernández, y Doctor Río de la Loza, con aulas, patios, canchas deportivas, jardines, talleres y varios espacios culturales.

En cinco muros interiores se lee la historia del inmueble. (Fotografías: Graciela Nájera Sánchez)

Los muros fueron tomados por los artistas mexicanos Aurora Reyes, considerada primera muralista del país, y Raúl Anguiano, importante figura de la pintura nacional del Siglo XX, además de Ignacio Gómez Jaramillo, artista plástico colombiano. Sus obras fueron parte de una visión educativa que veía el arte como herramienta de formación ciudadana.

Frente al conjunto se levanta el Monumento a la Educación, obra que expresa un ideal del México posrevolucionario: el deseo de que la educación sea la vía del desarrollo. El 16 de noviembre de 2018, fue declarado Monumento Artístico de la Nación. La distinción reconoció su valor arquitectónico y su significado histórico, educativo y cultural.

Esta es una historia urbana elocuente. En este lugar se convirtió una prisión en una escuela y transformó un símbolo de encierro en un monumento a la esperanza. Cada mañana, cuando los estudiantes ingresan, se renueva una lección poderosa de la historia mexicana: el conocimiento derriba muros mucho más altos que cualquier cárcel.