EL “CINE VARIEDADES” Y SUS FANTASMAS
Algunos ciudadanos que han trasnochado por las inmediaciones de la Alameda Central de la Ciudad de México, por razones de trabajo, urgencia médica, o diversión, aseguran que frente al número 58 de la Avenida Juárez han visto las sombras de Pedro Infante, Jorge Negrete, María Félix, Dolores del Río, Arturo de Córdova, y Mario Moreno “Cantinflas”.
Lo aseguran y hasta lo juran. También sostienen que otras luminarias del cine nacional como Germán Valdés “Tin Tan”, Silvia Pinal, y Libertad Lamarque, también rondan por esa calle y concretamente frente a ese número, donde antaño estuvo uno de los cines más hermosos, amplios, limpios, y con mejor cartelera anunciada con novedosas luces neón.
Hubo un tiempo en que la Avenida Juárez llevaba al corazón del espectáculo nacional. Al caer la tarde, decenas de marquesinas se encendían y miles de personas caminaban entre hoteles, cafés, tranvías, y salas cinematográficas. Entre todas ellas destacaba una cuya historia había comenzado mucho antes de que existiera el cine: El “Cine Variedades”.

Hoy permanece silencioso, de día pasa desapercibido y en la noche, su aspecto es tétrico e inspira miedo. Detrás de una fachada porfiriana que ha sobrevivido terremotos, cambios de gobierno, proyectos inconclusos, y décadas de abandono, su historia resume, como pocas, el nacimiento, esplendor y ocaso de la industria exhibidora de la capital mexicana.
La historia del inmueble inició en 1885, cuando la familia Haghenbeck, comerciantes y propietarios de grandes haciendas, mandó construir su residencia de inspiración francesa, de cantera, altos ventanales y balcones de hierro forjado, frente a la Alameda Central, en una zona que durante el Porfiriato se convirtió en el símbolo del refinamiento urbano.
Aquella residencia formaba parte del elegante corredor que unía la Alameda Central con el Paseo de la Reforma. Pero la Revolución transformó la vida de la ciudad y muchas de aquellas residencias cambiaron de uso. La casa permaneció en pie hasta que, en 1941, fue adaptada para albergar una moderna sala cinematográfica llamada “Cine Magerit”.
El nombre evocaba la antigua denominación árabe de Madrid y pretendía dar al inmueble un aire cosmopolita. Sin embargo, su auge definitivo llegaría en 1956 cuando el edificio fue reconstruido por dentro. La antigua residencia desapareció casi por completo en su interior para dar paso a una sala amplia, equipada con tecnología moderna para la época.
La fachada, sin embargo, fue respetada. Esa decisión permitió conservar uno de los pocos ejemplos sobrevivientes de arquitectura residencial porfiriana sobre Avenida Juárez. Fue entonces cuando adoptó el nombre de “Cine Variedades” con el que pasaría a ser parte de la memoria sentimental de varias generaciones de capitalinos y mexicanos en general.
Los estrenos nacionales e internacionales convertían cada fin de semana en una fiesta. Las familias llegaban en tranvía, autobús o automóvil desde diversas colonias. Las damas acudían con sombrero y guantes, y los caballeros vestían traje. Antes de entrar al cine era costumbre cenar en alguno de los restaurantes cercanos o tomar café frente a la Alameda.
Asistir al “Variedades” no significaba únicamente ver una película. Los acomodadores recibían al público con uniforme impecable, las lámparas iluminaban perfectamente un amplio vestíbulo, las dulcerías ofrecían palomitas recién hechas, chocolates y refrescos cuando estos apenas comenzaban a popularizarse en las salas mexicanas. Un gran lujo.
Para muchos capitalinos la visita dominical al cine constituía un auténtico ritual familiar. Eran comunes las largas filas que rodeaban la manzana durante los grandes estrenos de Semana Santa, Navidad o Verano. La decadencia llegó en los años 70 con los cambios de hábitos del público al aparecer nuevos centros comerciales y los complejos multisalas.

El terremoto del 19 de septiembre de 1985 marcó un antes y un después para el “Cine Variedades”. Aunque resistió estructuralmente, el entorno quedó devastado: los hoteles Regis y Del Prado desaparecieron, muchos edificios históricos sufrieron daño total, y el corredor cinematográfico murió. En los 90 el Variedades apagó para siempre su pantalla.
En los años siguientes surgieron numerosos proyectos. Se habló de convertir el inmueble en museo, centro cultural, teatro, recinto para actividades del Centro Histórico, y hasta un espacio dedicado al pintor Ricardo Martínez, pero ninguna propuesta logró consolidarse y hasta hoy, nadie sabe qué hacer con ese edificio. Pero especialistas han elevado la voz.
Expertos en patrimonio urbano e historiadores advierten que perder ese inmueble sería borrar una parte de la memoria cultural de la capital. Hoy, quien camina por la Avenida Juárez observa una fachada elegante, de cantera clara, balcones de hierro y ecos del Porfiriato… y con un poco de suerte, la vaporosa sombra de actores y actrices icónicos.

