ESCALA EN CONTRAPRESA DE GAVIRA
Desde distintos puntos de Guanajuato, sendos
caminos desembocan en un cautivador espacio
“Laberíntica”, podría ser el adjetivo más apropiado para describir a la geografía cuevanense, aunque bien podríamos calificarla también de “sorprendente”, “enrevesada” o “singular”. Rincones hay que parecen llevar a la nada y repentinamente se retuercen para señalar una semioculta ruta conducente a rincones insospechados, reveladora de inesperados detalles, poseedora de vistas estupendas o envueltas en peculiar atractivo.
Y no es necesario recorrer una gran extensión, sino solo dejarse llevar por el instinto y la curiosidad, con el ánimo dispuesto al descubrimiento, a la apreciación incluso de lo rústico, a la valoración del ingenio capaz de levantar construcciones en un mínimo espacio o de insuflar notable belleza a ciertos recovecos citadinos, no siempre tan conocidos.
Sabido es que el Real de Minas Santa Fe de Guanajuato cobró forma adaptándose al entorno. Con las edificaciones a ambos lados de una cañada, la corriente principal fue convertida en calle y sus ancestrales afluentes se volvieron callejones. También hubo pequeñas cascadas que arrojaban sus aguas al río desde algunos despeñaderos, tal y como puede apreciarse en una pintura de Daniel Thomas Egerton de 1840, la cual muestra un caudal líquido que cae abruptamente desde las alturas de Rayas, para formar el arroyo de Durán, aún existente.

En otros sitios, debieron construirse pequeñas represas para contener los caudales y, como se dice, matar dos pájaros de un solo tiro: evitar torrentes repentinos y contar con reservas de agua ya fuera para uso doméstico o bien para el trabajo de las haciendas mineras, siempre necesitadas del líquido vital para facilitar la molienda de las piedras que contenían las diminutas venas de los metales preciosos alimentadores de la ambición conquistadora.
Al paso de los años, muchos de esos embalses desaparecieron, aterrados y aplanados al impulso del crecimiento urbano, dejando solo una que otra huella de la función desempeñada en el pasado. Uno de esos lugares, aunque a la vista de todos quienes transitan por las cercanías del Mercado Hidalgo, solo revela su antigua importancia cuando se le descubre. Y al estar allí, permite comprender un poco la naturaleza del viejo asentamiento minero.
A la Contrapresa de Gavira, como es el nombre del sitio en cuestión, puede llegarse desde varios puntos: a partir de uno de los callejones aledaños al enorme centro de abastos o desde alguno de los que bajan de la cuesta de San Cristóbal o Peñitas, larga y estrecha calle conocida popularmente como “La Bola” y que inicia muy cerca del callejón del Beso para finalizar en la cima del Cerro del Gallo.

Preferible la segunda opción, no solo porque da ocasión de hacer un recorrido más amplio, sino porque ofrece vistas inusuales de la torre del Mercado Hidalgo y su reloj. Si se toma como punto de partida la fuente situada en el cruce entre la calle Venado y el callejón del Patrocinio, podrá verse la empinada pendiente que espera al caminante, en un paisaje que poco ha cambiado a través de los años. Sin embargo, no cabe el desánimo, pues no será necesario trepar el declive hasta el final, sino desviarse en el primer callejón a la derecha, que lleva el nombre de Rosarito.
Limpio, agradable, cubierto de adoquín de primera, luego de unos pocos metros, el trayecto dobla a la izquierda para descubrir un puentecito sobre las cabezas del andante, de reciente construcción. La causa: enlazar las construcciones a ambos lados, que pertenecen a un hotel, cuyos propietarios han tenido el buen tino no solamente de mantener en óptimas condiciones el callejón, sino de no apropiarse indebidamente del mismo, como lamentablemente ha ocurrido en otras zonas de la ciudad, donde se han privatizado áreas públicas ilegalmente.

El espacio es sumamente agradable. Macetones con frondosas matas y bancas a su cobijo invitan a tomarse un respiro luego del esfuerzo realizado para subir. Además, ahí se presenta la primera imagen cercana de la maciza y a la vez esbelta torre del mercado, así como vistas poco comunes hacia la Alhóndiga de Granaditas, el Jardín Reforma y la Plaza de San Roque.
Al proseguir el recorrido, varios escalones indican otra subida, corta por fortuna, la cual finaliza en el cruce con el callejón precisamente llamado Contrapresa de Gavira, que desciende desde Peñitas y lleva a lo que fue el embalse que le dio nombre. El pórfido rojo que pavimenta Rosarito deja lugar al irregular adoquín de cantera usado hace décadas. A la derecha, tras una barda protectora, parece emerger un fabuloso monstruo metálico, cuyos ojos están formados por carátulas del reloj de la torre del mercado, bajo los cuales se abrieran unas gigantescas fauces babeantes, impresión acentuada sobre todo por las noches.

Mas no hay motivo para el espanto. Solo es la antesala del objetivo: la plazuela que da nombre a la zona, espacio amplio sombreado por un enorme árbol e iluminado, en las horas nocturnas, por cuatro románticos faroles, a cuyo alrededor se han colocado bancas muy adecuadas para el reposo, el noviazgo o la simple contemplación. No puede faltar el clásico hidrante ni el nicho guadalupano, al cuidado de los vecinos.

A un costado, un muro sirve de parapeto y asimismo de mirador a la Avenida Juárez y a la parte trasera del Mercado Hidalgo, tristemente usada como bodega de todo tipo de desechos y donde además ha sido adosado un anexo que afecta a la construcción original, mientras el INAH parece dormir el sueño de los justos. Por si fuera poco, una fea construcción en obra negra —esa sí suspendida— interfiere con el paisaje.

Pese a todo, es apreciable el intenso tráfago mercantil, la rampa descendente a la Calle Subterránea, la fachada art decó del antiguo Cine Reforma, hoy tienda Del Sol, y en general el panorama de la que posiblemente es el área guanajuatense más concurrida, por ser zona de tránsito casi obligada para cualquiera que vaya o venga del núcleo urbano. La placita, limpia, agradable y de noche encantadora, lleva a su vez a dos callejones: Gavira hacia arriba y De las Ánimas hacia abajo.
Por este último se toma para volver a la rúa principal. Conforme se baja, va estrechándose, entre muros descascarados cubiertos de grafiti y cables colgantes sin solución. En cierto punto, un muro casi lo cubre, antes de que el bullicio comercial anuncie la pronta salida de la senda. Una última vuelta a la derecha y pronto la multitud de compradores engulle al transeúnte, apenas traspuesto el callejón entre otro hidrante y una cantina algo famosa. Una de las puertas laterales del mercado se eleva al fondo, por encima del caótico acomodo de los puestos ambulantes, mientras el otro extremo permite escapar al único espacio más menos ancho de la avenida Juárez.

Desde allí, se avista el muro de la plazuela recién visitada, tapia que alguna vez contuvo lo que seguramente fue un torrente que en la temporada de lluvias caía, entre espumas enfurecidas, al río, cascada que actualmente solo cabe imaginar, sobre cuyo limo terminaría por edificarse un sitio de insospechada y oculta belleza.

