EL ECO VACÍO DEL FESTEJO MATERNO EN MÉXICO

Transitamos el inicio de mayo como cada año: inundados de flores, ventas nocturnas, promociones para mamá en todas partes, menús especiales en los restaurantes de moda y canciones sobre el amor incondicional que saturan el ambiente. El marketing cuenta una historia rosa y romántica sobre la maternidad, mientras que las noticias de las últimas semanas cuentan otra, mucho más oscura. 

Hablan de madres que realizan el trabajo que el Estado no ha logrado resolver, la noticia ya no gira en torno a los desaparecidos, sino también alrededor de ellas, la mujeres que han dejado atrás su vida para buscar indefinidamente, convirtiéndose en figuras sociales en sí mismas. 

Agrupadas en colectivos realizan búsquedas con recursos propios, a costa de su propia seguridad… y encuentran. Incluso en lugares donde las autoridades habían declarado agotadas las investigaciones. A pesar de los retrasos, los errores de identificación y el abandono recorren día a día, palmo a palmo, terrenos yermos en busca de una esperanza. 

Reflexionar en todo lo que implica maternar en un país atravesado por el miedo, la violencia y el hartazgo.

México ha dejado de ser un país de desaparecidos nacionales; ahora también recibe a madres de otras naciones que cruzan fronteras para unirse a las brigadas y así dar con los restos de sus migrantes desaparecidos. Estas madres han dejado de ser víctimas para erigirse como defensoras de derechos humanos en cuyo vocabulario son constantes palabras como omisión, indiferencia, carpeta de investigación, exclusión. 

Han aprendido de excavación, ciencias forenses, leyes, genética, tramitología y protocolos porque de otra manera nadie buscaría a sus hijos. La maternidad vista desde aquí deja de ser un acto de ternura y cuidado para volverse resistencia y supervivencia. En medio de una existencia ahora atravesada por la violencia estructural, el miedo, la precariedad y el abandono, estas madres sostienen solas el peso de la ausencia, la impunidad y la muerte de aquellos a quienes han amado con todo su ser.  

También existen las madres que intentan mantener con vida y sacar adelante a sus hijos solas. Ellas sostienen la cotidianidad desde los pequeños negocios y comercios administrados con un esfuerzo titánico, muchas veces trabajando junto con sus hijos para mantenerlos mientras intentan sostener la rutina diaria con las menores carencias posibles. 

Sin embargo, estas mujeres ya no solo enfrentan la precariedad, sino que ahora también deben lidiar con la extorsión criminal. Los emprendimientos navegan hoy en una atmósfera constante de miedo alrededor del cobro de piso. Y es que esta violencia ha dejado de ser exclusiva para los grandes empresarios, hoy azota a comercios pequeños, puestos de mercado, transporte, farmacias. Lo que el 10 de mayo no menciona es que muchas de las víctimas de esta violencia territorial son, precisamente, las mujeres que sostienen económicamente sus hogares. 

Restaurantes abarrotados, flores en las mesas, fotografías y escenas familiares, dan forma a los actos del 10 de mayo. 

La imagen tradicional de la madre abnegada ha dejado paso a la mujer que debe negociar para salvar la vida mientras trabaja con miedo. En este contexto, la idealización de la madre no cabe en ninguna parte. 

Tampoco importa si esos negocios se realizan en casa, en espacios íntimos o dentro de negocios familiares porque ya no existe una frontera clara entre la violencia pública y la vida privada. La amenaza llega hasta la cocina, el cuarto de los niños o la bodega familiar. Otra vez, mientras las madres hacen lo posible por encontrar una luz en su camino, la justicia llega tarde o no llega jamás. 

El lenguaje alrededor de la maternidad también ha mutado. Antes las noticias hablaban de custodia o conflictos familiares, incluso de incompatibilidad de caracteres. Ahora la constante son palabras como alienación, violencia vicaria, manipulación, instrumentalización, daño psicológico y pérdida de vínculo dejando a los hijos atrapados en guerras emocionales adultas que no tienen fin. 

La maternidad ha dejado de verse como el ejemplo del amor ideal casi sublime, ahora también se asocia con posesión, resentimiento, agotamiento, miedo al abandono y necesidad de control. Los niños crecen sintiendo que deben elegir entre amar a uno u otro padre, desarrollando culpabilidad por ello. Perciben que su existencia tiene la finalidad de sostener conflictos que comenzaron mucho antes de que ellos vinieran al mundo. Los hijos de hoy se han convertido en instrumentos emocionales, en trofeos para el vencedor en medio de una batalla en la que todos están perdidos aun antes de comenzar. 

El marketing cuenta una historia rosa y romántica sobre la maternidad, mientras que las noticias de las últimas semanas cuentan otra, mucho más oscura. 

En los espacios noticiosos y las redes se ha hablado mucho de maternidad últimamente, especialmente en la nota roja, lo que nos lleva a reflexionar en todo lo que implica maternar en un país atravesado por el miedo, la violencia y el hartazgo. 

No resulta extraño entonces que muchos niños y adolescentes crezcan dialogando con la ansiedad, el vacío o la sensación de no ser plenamente deseados. 

De esta forma, la maternidad hoy es amenaza, condena, carga y hasta una posibilidad impensable. Hemos dejado de construir comunidad alrededor de la infancia y el cuidado.

Cuando este artículo se publique, el 10 de mayo habrá pasado. Seguramente fue un día de escenas cotidianas: restaurantes abarrotados, flores en las mesas, fotografías y escenas familiares. Aunque afuera, a kilómetros o a la vuelta de la esquina, otras madres seguirán excavando fosas, abriendo negocios con miedo e intentando proteger a sus hijos de guerras que nunca debieron heredar.