CALLE DE LAS GALLAS (LA PRIMERA ZONA DE TOLERANCIA EN LA CIUDAD DE MÉXICO)

En la actual calle de Mesones, dentro del perímetro del Centro Histórico de la Ciudad de México, existen mayoritariamente papelerías y tiendas de artículos escolares y de oficina. Antes, y de ahí el nombre, hubo mesones, hospederías y otros comercios. Pero su séptimo tramo fue conocido, durante la época virreinal, como la “Calle de las Gallas”. ¿Por qué?

En el lenguaje popular de los siglos XVI y XVII, la palabra “Galla” se utilizaba para referirse a mujeres consideradas alegres, ligeras, o dedicadas al oficio de la prostitución. El nombre surgió porque en esta zona se establecieron algunas de las primeras casas de mancebía o casas de tolerancia autorizadas por las autoridades de la Nueva España.

En 1538 se autorizó el funcionamiento de uno de los primeros prostíbulos de la ciudad, y en 1542 el Cabildo destinó varios solares en esa calle para la instalación de mancebías reguladas, como respuesta a una preocupación muy práctica: la creciente presencia de soldados, comerciantes, arrieros y aventureros que llegaban a la naciente capital virreinal.

En la séptima calle de Mesones está una vieja casona donde “Las Gallas” se aposentaron por vez primera en el México Colonial. (Fotografías, Graciela Nájera Sánchez)

La historia de las Gallas está ligada a la de Mesones. En 1525, cuatro años después de la caída de México-Tenochtitlan, el Cabildo dio a Pedro Hernández Paniagua una licencia para abrir el primer mesón de la ciudad, donde se ofrecía pan, vino, carne y alojamiento a los viajeros; algunos historiadores lo consideran “precursor de la hotelería mexicana”.

Muy pronto, la calle se llenó de arrieros que transportaban mercancías, comerciantes provenientes de Veracruz, Puebla y del interior del nuevo virreinato, dueños de carretas y diligencias, funcionarios y nobles novohispanos, y aventureros recién llegados de España, y todos ellos necesitaban comer, beber, dormir y, eventualmente, compañía femenina.

La combinación de hospedajes, tabernas, ventas de comida, casas de mancebía y otras distracciones, convirtió a la calle en uno de los lugares más animados y controvertidos de la ciudad. Las prostitutas de la época estaban sujetas a severas regulaciones. La autoridad intentaba controlar su vestimenta, sus joyas y hasta la forma en que asistían a oír misa.

Muchas de esas mujeres lograron conquistar fama y riqueza considerables. Documentos del siglo XVII mencionan apodos tan pintorescos como “La Chinche”, “La Sedacito”, “La Vende Barato”, “Las Priscas”, y “La Manteca”. Algunas llegaron a poseer carruajes, criados y lujosos vestidos, provocando quejas de sectores conservadores de la sociedad.

Además de comerciantes y viajeros, a la Calle de las Gallas iban personajes de todos los niveles sociales. Las crónicas señalan que incluso miembros de la aristocracia acudían a los burdeles ocultando el rostro. Y existen denuncias del primer obispo de México, Juan de Zumárraga, contra algunos sacerdotes que frecuentaban aquellos establecimientos.

La tradición sitúa la antigua Casa de las Gallas alrededor del actual número 167 de Mesones. Todavía existe una placa que recuerda que en esa zona se establecieron algunas de las primeras casas de tolerancia de la ciudad. Con el paso de los siglos, los mesones se multiplicaron y terminaron dando identidad definitiva a esa calle de excéntrica memoria.

Durante los siglos XVII al XIX, Mesones se convirtió en una importante vía comercial que conectaba la Plaza Mayor con La Merced. Los antiguos burdeles desaparecieron, los mesones fueron sustituidos por hoteles y comercios, y hoy la calle es conocida por sus negocios de papelería, instrumentos musicales, artículos escolares y algunas cererías.

Un dato curioso señala que los cronistas del México antiguo decían que en la Calle de las Gallas “los pecados andaban por el cielo y las virtudes por el suelo”, una jocosa frase que resume la fama que tuvo este rincón del Centro Histórico durante más de dos siglos; “En esta calle se establecieron en el siglo XVI las primeras casas de tolerancia en la ciudad”, dice una placa.

En 1538, con una cédula que terminaba con la frase “Yo la reina”, se autorizó el funcionamiento del primer prostíbulo de la ciudad. Lo habitaban mujeres españolas recién desembarcadas. En la entrada de esas mancebías debía colocarse una rama de árbol, símbolo que desde tiempos arcaicos indicaba el oficio que se practicaba en ellas.

De ahí deriva la palabra “ramera”, aunque el público novohispano prefirió referirse a las prostitutas con una serie de nombres despectivos, como las bagazas, huilas, leperuzas, y cuscas. A cargo de esas casas debía estar “un padre” o “una madre”, encargados de vigilar la aplicación del reglamento, de ahí los términos “padrote” y “madrota”, todavía en uso.

De acuerdo con las autoridades virreinales, las Gallas debían ser, sin excepción alguna, mujeres huérfanas o abandonadas por sus padres. Además, no se permitía a ninguno de los encargados de esas casas, aceptar vírgenes, niñas menores de doce años, ni a mujeres casadas. Mucho menos, a mujeres que debieran dinero e intentaran pagar con caricias.

Si usted, lector/lectora viaja con su mente a la Calle de las Gallas, en una tarde del año 1650, oirá que la campana mayor de la Catedral acaba de dar las cuatro de la tarde y el calor se levanta del empedrado como un vapor invisible. Mientras, la ciudad de México, capital del virreinato más rico de América, bulle detrás sus muros, canales y conventos.

Al sur de la Plaza Mayor, por una calle que algunos llaman de los Mesones y otros, en voz más baja, de las Gallas, avanzan recuas de mulas cargadas con cacao de Oaxaca, grana cochinilla de Puebla y telas llegadas desde la ciudad y puerto de Veracruz. El aire huele a estiércol de caballo, pulque recién servido, chocolate espumoso y humo de ocote.

Llegan mineros de Zacatecas, comerciantes sevillanos y jóvenes aventureros que sueñan con hacerse ricos. Se negocian cargamentos y se intercambian noticias del reino. En sus patios interiores relinchan caballos, se reparan carretas y se cuentan historias exageradas sobre bandidos, tesoros y apariciones. Conforme cae la tarde, la calle cambia de rostro.

Como es común en numerosos inmuebles del Centro Histórico de la CDMX, una placa da testimonio de lo que allí sucedió hace siglos. (Fotografías, Graciela Nájera Sánchez)

Las ventanas de ciertas casas se abren lentamente. Tras las celosías aparecen mujeres elegantemente vestidas, con peinetas, cintas y mantillas. Son las famosas Gallas. Las autoridades las toleran porque creen que así mantienen el orden público. Los moralistas las condenan desde los púlpitos. Sin embargo, los clientes las buscan en total secreto.

Desde los balcones miran el desfile humano de la ciudad más importante de la América española. Un caballero desciende de un coche tirado por caballos. Lleva capa oscura y sombrero de ala ancha. Mira hacia ambos lados antes de entrar rápidamente en una de las casas. Nadie pregunta quién es. En la Calle de las Gallas la discreción vale tanto como el dinero.

La noche avanza. Desde la Plaza Mayor llega el eco lejano de las campanas. Los últimos viajeros buscan cama. Las Gallas reciben a sus últimos clientes. Mañana la calle volverá a despertar con el ruido de las mulas y el comercio. Todavía faltan siglos para que lleguen los tranvías, los automóviles y los negocios modernos. Pero en 1650 nadie piensa en el futuro. El México virreinal, la ciudad, mostraba sin máscaras su rostro más humano.