DE DÓNDE SOMOS CUANDO NO SOMOS DE NINGUNA PARTE

Si me hubieran preguntado hace poco de dónde soy,

habría replicado, sin pensarlo mucho, que de ninguna parte.

Isabel Allende.

Con frecuencia he tenido esa misma sensación de que Guanajuato es una ciudad que se vive de una forma cuando se es turista, y de otra cuando la habitas. En el primer contexto siempre queda la certeza de que eres bien recibido, que los pasos que recorren con curiosidad callejones y plazas forman parte de un cuento, y que la ciudad, más allá del color y las leyendas, está plagada de espacios afectivos.

Sin embargo, el paisaje cambia cuando la eliges para quedarte a vivir en ella. Aunque sigue siendo hermosa se vuelve más altiva, ajena. No importa si ya nos aprendimos el nombre de los callejones, la geografía de la subterráneao la ruta de regreso a casa sin la ayuda del GPS, puede pasar mucho tiempo antes de sentir que realmente hemos comenzado a pertenecer.

Guanajuato habita en esa contradicción. Recibe constantemente a estudiantes, artistas y trabajadores que llegan desde distintos estados y países, a veces de forma temporal y otras para siempre. No obstante, su identidad es tan fuerte que no entrega sus vínculos con facilidad. Dedica tiempo a observarnos, nos pone a prueba y aguarda en silencio intentando descubrir cuánto estamos dispuestos a dar por ella.

Muchos habitamos Guanajuato durante años sin sentirnos aún con el derecho a llamarla nuestra.

Muchos la habitamos durante años sin sentirnos aún con el derecho a llamarla nuestra. Y sin embargo, cuando menos lo pensamos hay algo que empieza a ceder.Ocurre de forma casi imperceptible, la mesa del café que frecuentamos parece guardarnos un sitio; una vecina se preocupasi los días pasan y no nos ve, en la tiendita del barrio dejan de tratarnos como extraños. Alguien te incluye inesperadamente en sus planes, te nombra, te extraña. Ahí todo cambia. Tras esa renuencia inicial, al fin hay quien nos espera.

Y es que no todas las ciudades son iguales, algunas son tan hospitalarias que te hacen sentir en casa desde el primer día; otras necesitan tiempo para aprenderse los nombres de quienes llegan y pronunciarlos. A Guanajuato se puede llegar en cualquier época del año y disfrutarla desde la punta del cerro hasta la profundidad de sus minas; pero nada de eso basta para formar parte real de ella.

Se puede vivir en el corazón de sus callejones, dominar cada atajo, saber a qué hora exacta el sol ilumina ciertas fachadas y aun así seguir siendo, ante muchos ojos, quien llegó de fuera.

Si a pesar de todonos quedamos, algo nos sostiene. Tal vez sea la complicidad que compartimos con quien compramos las verduras, el saludo amable en medio de una banqueta angostao la intuición de que una parte dentro de nuestro ser encontró su centro en la magia del lugar.

Es ahí donde la pertenencia deja de exigirse y empieza a sentirse cómoda. Dejamos de preguntarnos si la ciudad nos ha aceptado al descubrir cuánto de nosotros hemos depositado en ella: los recuerdos que cuelgan de sus esquinas, los comercios locales que sostenemos, las aulas que ocupamos, el saber que compartimos y las costumbres que terminamos amando.

No solo habitamos un espacio, nuestra presencia se incorpora discretamente a la historia que esta ciudad escribe a diario. Contar sus anécdotas locales mantiene encendido nuestro propio sino, aunque el acta de nacimiento insista en nombrar otro lugar.

La pertenencia, lo aprendemos con el paso de los años, no debería depender del sitio donde nacimos.Como escribió Hernaldo Zúñiga, “no tengo más patria que tu corazón”. Pertenecemos a los lugares donde hemos conseguido comenzar de nuevo, donde encontramos refugio caídos y cuando nos hemos quedado sin esperanza una mano extendida nos la devolvió. Pertenecemos a las calles que nos reconocen por nuestra forma de caminar y a quienes saben interpretar nuestros silencios. Ahí está nuestro cenit.

Cuando menos lo pensamos, hay algo en Guanajuato que empieza a darnos pertenencia.

Tal vez Guanajuato tarda más de lo que quisiéramos en aprender nuestros nombres. Se toma su tiempo para observar cómo atravesamos sus entrañas, cuánto resistimos sus pendientes empinadas y de qué manera cuidamos lo que nos entrega. Pero siempre llega el día en que la ciudad se apersona en nuestras palabras, se instala en lo que narramos y nos habita mucho antes de que nosotros la habitemos a ella.

Personalmente, durante mucho tiempo me he sentí como Isabel Allende, extranjera en todas partes, inclusoen el lugar del que provengo. Pero, si hoy me preguntaran de dónde soy, ya no diría quede ninguna parte, ni hablaría de futurosdestinos nuevos como tantas veces lo he hecho. Hoy comprendo que aquí está el árbol con el que decidí compartir raíces, que algo de mí se ha compenetrado con esta ciudad altiva y entrañable que no sé si notará mi ausencia cuando me alejo, pero a la que yo echo mucho de menos cuando no estoy.

Porque pertenecer no consiste solamente en haber nacido en un lugar, sucede cuandose ha construido un hogar al que cuando estamos lejos deseamos regresar.

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