JOSÉ ANTONIO OCHOA FLORES Y AZTLÁN, EL TERRITORIO EN EL QUE LA INSPIRACIÓN NACE

No es la primera vez que lo encuentro en un bazar de artesanos, y siempre me llama la atención su puesto. Entre piel, alambrismo, plumas, piedras y ornamentos… destaca él. En ese universo de piezas hechas a mano cuyo orgulloso lema es “todo hecho en chinga, no en China”, destacan su mirada y la serenidad con la que observa y transita la vida. O tal vez, como confirmé esa tarde, es que Antonio es un poeta, y como tal, brilla con luz propia.

Es alguien que vive en armonía con su esencia, que sabe escucharse, obedecer a su instinto y cultivar la sensibilidad como un hogar del que se siente profundamente orgulloso.

El emprendimiento artesanal de José Antonio Ochoa Flores se llama Aztlán. Eligió el nombre de la tierra prometida del dios Huitzilopochtli como identidad de marca. Nada extraño: todo en él orbita alrededor del arte, de la esencia y de aquello que somos antes de ser nombrados.

“El acercamiento con la creación lo tengo desde niño. Siempre he dibujado y he ido evolucionando en cuanto a las técnicas. Hasta el momento ya exploré un poco de todo: dibujo, pintura, escultura, actuación. El camino es largo”. Ahora practica el saxofón.

José Antonio Ochoa Flores sabe escucharse, obedecer a su instinto y cultivar la sensibilidad como un hogar del que se siente profundamente orgulloso.

En los bazares trabaja principalmente la creación de artículos en piel y la joyería. Algunos de sus diseños incluyen plumas de aves, cráneos de animales pequeños o garras: insumos que, como él mismo cuenta, provienen de donaciones o de hallazgos en cerros y desiertos. Nunca se sacrifican vidas o se toman y trabajan sin un ritual de permiso para honrar al animal que los llevó en vida.

Su existencia se construye día a día con lo que llega, lo que fluye y lo que se revela cuando está atento. La vocación y el amor por el arte son primordiales. Pero sus raíces —profundas, fuertes— se alimentan de otra cosa: la poesía que lo acompaña minuto a minuto.

“Todo poeta tiene algo oculto en sus poemas, y lo único que hacemos quienes estamos a su alrededor es identificarnos con ellos. La poesía es muy difícil de entender, a pesar de que todos podemos hacer poesía. Yo, hasta cierto punto, la escribo para mí… y así vas llegando a una que otra persona. Porque luego es muy difícil, en este tiempo más, que la gente entienda, que quiera dedicar tiempo para leer y apreciar la poesía”.

Para José Antonio es fundamental esa transmisión de emociones, pasiones y silencios convertidos en versos. Palabras que nacen del alma y que abrazan a quienes las reciben, ajustándolas a sus propias circunstancias.

“Tengo apenas dos poemas publicados en libros: Silueta y Noche I. Y también bastantes que voy dando a conocer en mis redes sociales”. Sus versos siempre encuentran la manera de volar y llegar a quien tengan que llegar. “Es difícil publicar porque en México es muy corta la amplitud de apoyo para la escritura, y más para la poesía”.

Y como sucede con los hijos, se les ve nacer, se les guía, se les forma… y ellos encuentran su propio camino. “Hay veces que uno siente que transmite mucho y no pasa nada, y otras en que está la espinita de que lo que escribiste pudo haber quedado mejor, y ese es el que pega”.

Ha entendido que la poesía es un territorio íntimo, personal, sagrado, que germina en cada lector como una especie de milagro. Le preocupa, sin embargo, que la modernidad haya deslavado la paciencia.

“Un día leí y escuché que entre más sofisticada sea tu poesía menos gente la entenderá. Lastimosamente, hoy en día basta una palabra distinta para que la gente ya no la reconozca y pierda el sentido y la valoración. Por eso, cuando alguien que ama la poesía se detiene a investigar, a comprender cada palabra y profundizar, el escritor se llena de satisfacción”.

José Antonio reflexiona y lo tiene claro: “En esta normalidad lo comercial es lo mejor, pero mientras sea por amor, lo seguiré haciendo”.

Para él, la poesía es eso: transmitir la alegría, el silencio, la pasión o la tristeza que invaden al creador cuando la inspiración se hace presente. “Uno escribe para llenarse a sí mismo, no para complacer a los demás”.

Y aunque fundamental, forma parte de un abanico más amplio de otras artes que él explora. Se define como un “artista total en proceso”, de manera que, cuando la poesía no llega, se refugia en la música; y si la música calla, entonces se vuelca en sus artesanías.

“Llega un punto en el que todo se combina. Creo que es mejor que te cultives de todos lados para que generes algo en cualquier aspecto, no nada más en lo artístico”.

Sabe bien que la inspiración llega de la nada y que hay que estar preparado para recibirla: “En mi trabajo de joyería procuro que mi mesa esté siempre limpia, que tenga un orden propio. La música me acompaña; cualquiera sirve, es solo para cubrir el ruido exterior”.

Todo artista tiene impulsos íntimos, casi rituales, que lo llevan a crear. Antonio es un ser humano que busca verdad, que fluye, que se permite ser genuino.

Uno de los grandes momentos de su vida fue ver su nombre en los créditos de un cortometraje en el que apoyó a un amigo. “Es algo que nunca había sentido, y forma parte de eso a lo que no le tomas importancia hasta que lo vives. Estas experiencias ayudan a que el artista no se pierda y siga generando emociones que se quedan plasmadas en su arte. A pesar de quienes dicen que no se vive bien del arte, esforzarse un poco más cada vez es importante para quien te está viendo. Tal vez aún no alcance la cima, pero voy en camino”.

Como todo, el arte también tiene luz y sombra.

“Mucha gente reconoce lo que hago, pero es poca la que lo compra. Hasta lo más callejero es un lujo. Y aunque dar un like o compartir algo de tu amigo no hace más rico ni más pobre a nadie… es difícil que suceda”.

El camino es largo, dice José Antonio Ochoa, quien hasta el momento ha explorado un poco de todo: dibujo, pintura, escultura, actuación.

La figura femenina es recurrente en todo lo que escribe; al final, así es el arte también: una mujer fractal, infinita, que a veces es fuego y a veces agua. “No las entiendo, pero las amo con todo y sus múltiples personalidades: crueles, piadosas, bondadosas, calculadoras…”

Antonio tiene sobrinos, aún no hijos, porque quiere mantenerse libre para el arte. Cree profundamente en enseñar y compartir herramientas que puedan cambiar caminos.

“Llevo mi vida en frases. Tengo tatuada una en mi brazo que dice en latín: El arte es largo, la vida es breve. La ocasión y el momento son fugaces, la experiencia es confusa y el juzgar es difícil. Es una frase que puedes aplicar en cualquier momento de la vida”.

Antonio es un artista total que vive atento a lo sagrado de la inspiración, cultivando cada día la esencia, la pasión y la verdad como guías…Y eso, también, es poesía.