INSTRUCCIONES PARA RECORDAR A JORGE IBARGÜENGOITIA
El relato de una frustrada entrevista inédita con el escritor cuevanense
En plena clase de Filosofía de la Historia, se sintió una presencia en el aula de Valenciana. Un viento frío llegó al lugar y levantó la falda de la única estudiante que usaba esa prenda. “¡Otra vez ese tipo!”, exclamó —con enfado— uno de los conserjes de la unidad académica.
—¿Quién? —pregunté, intrigado.
—Ése —apuntó hacia la computadora portátil, donde aparecía una foto de un hombre que hacía visera con su mano derecha. Vestía un suéter de color oscuro y al pie de la foto, resguardada en el Archivo Histórico de la Universidad de Guanajuato, un mensaje: “Jorge Ibargüengoitia en Valenciana en los cincuenta”.

La chica bajó la falda y se cubrió la cara con una carpeta para decir que estaba apenada, pero a través de la ventana del salón vi que reía satisfecha por haber llamado la atención y despertar pasiones. Sacar de su abstracción a un filósofo, inspirar a un experto en letras hispanas y hacer que un historiador vea esas piernas redondas como objeto de estudio, no es asunto menor.
Fue entonces que me di a la tarea de buscar al tal Jorge Ibargüengoitia y entrevistarlo, pues dicen que murió en un accidente de aviación un 27 de noviembre de 1983. No está por demás saber si se siente igual que en los más audaces juegos mecánicos de la feria de Pedrones.
—Ya se fue —dijo con tono de suspiro el conserje de Valenciana.
—No jodas, lo quería entrevistar —me lamenté.
—Debe estar allá abajo —apuntó en dirección al sur, donde está la ciudad.
Tomé un autobús y en su serpenteo observé a Cuévano, donde dicen que por las noches se escuchan sonidos de teclas de una vieja máquina de escribir.
—Otra vez el tal Ibar no nos deja dormir —explicó una señora que renta cuartos a estudiantes—; y menos desde que también de murieron el licenciado Isauro Rionda, el licenciado Eugenio Trueba y otros más.
La buena mujer me contó que allá por los ochenta del siglo pasado, en las noches oscuras se escuchaba por los callejones el sonar de copas y botellas.
—Es que se iba de parranda con el licenciado Armando Olivares —aclaró la señora.
“¿En su repertorio de canciones tenían las de José Alfredo?”, me pregunté.
Seguí calle abajo, por la bajada Campomanes, pasé por la calle de Tragacanto para ver que el café de don Leandro ahora es un hotel boutique y una librería. Adelante, en la plaza de la Libertad estaba una policía, de gesto duro y mirada ágil, que comía discretamente una torta de carnitas. Le pregunté por Jorge Ibargüengoitia.
Seguí sus instrucciones y salí del casco antiguo, para llegar a donde me dijeron que se encontraba. Bajé del autobús y caminé por unas calles de pavimento empedrado. Cuando leí “Calle Jorge Ibargüengoitia” supe que la chica uniformada no entendía mi propósito. Eso de mandarlo a uno a una calle desolada, con el nombre de un panzón ojón y desmadroso, no causa mucha gracia. Por algo está cerca de la calle que recuerda a otro panzón, ojón y desmadroso: Diego Rivera.
Sin embargo, el destino le hizo una mala jugada al escritor: la única calle que en su ciudad natal lleva su nombre, está en la colonia “Burócrata”. Cuando Dios castiga, es especialmente cruel. El Negro Marcos, Paco Balandrán, Matías Chandón y otros alter ego del dramaturgo, cuentista y novelista, se deben estar botando de la risa.
Seguí con las indagatorias y una señora con canasta y rebozo de bolita me dijo que su nieto sabía de ese nombre. Me dio santo y seña y seguí mi camino en busca de Jorge Ibargüengoitia.
Llegué a donde me dijeron. Era una escuela primaria del fraccionamiento Mártires del 22 de Abril.
—Uy, no señor, no sabría decirle, eso es por la tarde.
—¿Estará aquí por la tarde?
—Regrese a en unas tres horas para que le den razón.

Y me dieron razón: resulta que por la mañana la escuela se llama “Juan Bautista Morales” y por la tarde es “Jorge Ibargüengoitia”.
—Muchas gracias, maestra, pero lo que yo ando buscando es al mismo Jorge Ibargüengoitia, no calles, escuelas o auditorios con ese nombre.
—Pos no, señor, aquí apenas vamos en primaria. Si viera que los niños ya ni quieren leer, todo por culpa de los celulares…
Tuve que escuchar casi una hora de quejas de la maestra sobre esas nuevas generaciones que “ya ni conocen los libros”.
Aquello era cansado, desgastante. Regresé al centro de Cuévano. Hacía sed, así que entré a un lugar especial para refrescarme. Un letrero que decía “Los Barrilitos” me dio la bienvenida.
Una cerveza para bajar el calor y luego un mezcalito para abrir apetito y de ahí ir al mercado a comer una torta de carnitas era la estrategia, hasta que en el rincón de la cantina, junto al urinario, vi a un hombre todo de negro, que me invitó a su mesa y si previa pregunta, me explicó:
—Aquí antes se llamaba “El Cañón Rojo”, pero Jorge Ibargüengoitia le puso “El Cañón del Colorado” en su novela Estas ruinas que ves.
—¿Tú sabes dónde está? —pregunté, emocionado.
—Claro, pero primero acompáñame un rato y te platico de él.
Pasaron las horas y me contó detalles muy especiales, ideales para una buena entrevista. Cuando le dije que me retiraba y que yo invitaba, el tipo asintió. Pasé a la barra a pagar y mi sorpresa fue mayor cuando me dijeron que ya todo estaba cubierto. Volteé hacia la mesa y el misterioso parroquiano, que tomó mucho más que yo, ya no estaba.
—Se desaparece para irse a “miar” —me aclaró el cantinero. Igual que el meón de Rinconada, me acordé del pasaje del impertinente que orina a la intelectualidad cuevanense. Ganas no faltan de imitarlo, pero hay que incluir a los políticos.
***
Al día siguiente fui a donde me dijeron en “Los Barrilitos”. La calle se llama “Conde de Valenciana”. Adelante del Palacio de Gobierno, me explicaron, está un parque; donde termina el parque empieza la presa y donde empieza la presa está un faro. Frente al faro está la casa.
El santo y seña era correcto: color salmón, un porche al lado derecho, escaleras que dan a una puerta de madera. Como buen cinéfilo, vi que era la casa donde filmaron unas escenas de Estas ruinas que ves y de una película de la India María.
Jorge debe estar encabritado porque la película no está al nivel del libro (aunque el paso de Grace Renat por esa casa bien vale pasar por alto la baja calidad fílmica); quizá le enfurezca más saber el que usaron la casa en calidad de mansión de hilarante terror en El miedo no anda en burro. Hay que recordar que nunca le gustó que dijeran que era un escritor de humor e ironías.
Ya los temas para la entrevista se habían multiplicado.

***
Subí con lentitud por unos escalones semihundidos, con piedras semicubiertas por yerba. Llegué a al pórtico, escuché ruidos al interior y toqué. La puerta se abrió unos tres centímetros, suficientes para que me vieran desde adentro, sin poder distinguir a quien lo hacía.
—Disculpe, señora, ¿está el señor escritor don Jorge Ibargüengoitia?
—Uy, no, joven, el siñor salió de aquí cuando era niño. A veces venía y desde la terraza de la casa veía la presa junto con la señora Margarita Villaseñor. Dicen que se casó con una pintora güera que vivía en San Miguel de Allende y se jueron a vivir a las europas.
—¿Sabe dónde lo podría encontrar?
—Ah, sí: allá enfrente, en el jardín. Váyase por a’i por esa puerta y luego baja pa’bajo y a mano izquierda está un como cubito. Dicen que ahí se la pasa.
***
Preparé el celular con su micrófono inalámbrico y el tripié para hacer una grabación con la mejor calidad posible de audio. Entré al jardín. Ahí me encontré con Francisco Arroyo, que enfundado en ropa deportiva hacía ejercicio. Amaranta Caballero, poetisa y artista plástica, paseaba a su mascota. Jorge F, Hernández estaba en una banca y comía churros —la golosina favorita de su tocayo—. Me quedé un rato escuchando anécdotas sobre el escritor: que su papá lo conoció y que no le dejó convivir con él. Chale.
Más abajo estaba Carlos Ulises Mata, que leía un libro junto a un Carlos Olvera que revisaba un audio.
Carlos —Ulises— me aclaró: Jorge está allá adelante, abajo, antes del kiosko y junto a la fuente. Puedes platicar con él, pero sólo acepta entrevistas si está de buen humor. Si acepta, precisó Carlos —Olvera— va a ser muy mamón.
Opté, entonces, por primero hacer migas y ya después lo entrevistaría. Caminé por el pasillo rodeado de árboles viejos y enfermos y jardineras sin césped. Me acerqué en busca del escritor del humorismo desmitificador y ahí estaba, en un cenotafio donde guardaron sus cenizas depositadas en una bala de cañón. Hace frío, pensé, pero él debe estar calientito. Y con esa voz medio arrastrada, pero franca, me saludó:

—Qui’ubo, Velio, ¿qué haces por acá en el parque de mi bisabuelo que luchó contra los franceses, pero llegó tarde a la batalla del 5 de Mayo?
—Nada, Jorge, supe que te moriste.
—Sí, carajo, el 27 de noviembre de 1983, en España, cerca del aeropuerto, se cayó el avión. No alcancé a llegar a Bogotá.
—Qué mala onda, pero lo bueno es que estás ya por acá.
—Sí, pero me aburro mucho. Luego me acuerdo de Blanca Guerra en su papel de Gloria Revirado, pero se me enoja Joy.
—Es que ya ni chingas, siempre fuiste ojo alegre.
—Como todo buen cuevanense. Por cierto: ¿qué cuenta Cuévano?
—Nada, sigue en las mismas: mochería pública y desmadre privado.
Platicamos un buen rato y le hablé de las grillas del pueblo y del estado. Preguntó por Gabo, por Carlos Fuentes, Octavio Paz y otros.
—Hace buen rato que ya no están —le precisé.
—Por ahí los busco y a ver qué me dicen.

Anochecía cuando acabó la charla, extensa y divertida, a veces incómoda porque Ibar hacía ironías a mis costillas. Cumplía con su fama de no respetar a nadie, ni a sus interlocutores. Por eso no era visto con mucha simpatía.
Tomé el bus de retache al centro, miré la Casa de las Brujas, el jardín donde alguna vez estuvo el Hotel donde atendía el Pelón Padilla, pasé por el parque de béisbol y al transitar por Belaunzarán me soñé mirando las piernas de Gloria Revirado mientras la llevaba a sus clases de literatura a la Universidad.
Abrí los ojos y todo era presente. Llegué al centro y desde lo alto de la escalinata de la Universidad de Cuévano miré a la ciudad y recordé lo último que me dijo Jorge:
—Chingao, esto nomás cambia de personas, pero son los mismos personajes. Lo dicho: las ruinas siguen ahí.

