PONCIANO AGUILAR, EL AVE FÉNIX DE UNA CIUDAD DEVASTADA EN 1905

La inundación que devastó a la ciudad de Guanajuato en 1905, fue sólo recordada en publicaciones periodísticas sobre historia. Se cumplieron 120 años de una tragedia que obligó a rediseñar la ciudad, que le cambió vida y forma. Algunas placas con el indicador de los niveles de agua son el referente de una memoria colectiva. 

En 1900, la ciudad de Guanajuato era la octava más poblada del país con 41,486 habitantes. Junto con la ciudad de León destacaban por su economía; uno como centro minero y otro como centro agrícola. La tragedia de 1905 permitiría que León tomara delantera. La Revolución Mexicana frenó a ambas y la inundación de 1926 fue el golpe a la ciudad zapatera.

Tres imágenes refieren la magnitud del daño: “Derrumbes sobre el río y a espaldas de la Calle de Cantarranas, cerca del Hinojo”. La siguiente muestra un aspecto del “Camino de la presa de la Olla”. La tercera imagen ejemplifica el nivel de destrucción alcanzado. 

A 120 años de la tragedia

Fue un viernes 30 de junio. Un aguacero que desbordó la Presa de la Olla y las aguas entraron a la señorial ciudad de excelsos palacios decimonónicos. Las aguas arrasaron con el barrio de El Hinojo y entraron por Cantarranas, Puente del Rastro, Alonso, Baratillo, Calle Nueva y El Truco, en donde alcanzó hasta dos metros de altura. 

La ciudad había enfrentado siete, ocho inundaciones catastróficas, pero ninguna como ésa: casas e infraestructura quedaron destrozadas. El amanecer del sábado 1 de julio de 1905 fue de una ciudad con casas derruidas, con vías del tranvía levantadas, con personas y animales ahogados o arrastrados por la corriente y se atoraron río abajo, desde Tepetapa hasta Marfil.

La inundación de 1905 afectó a la ciudad desde la Presa de la Olla hasta El Cantador. El desbordamiento de la Presa de la Olla dejó bajo el agua una zona de más de cuatro kilómetros cuadrados. Durante una hora, el trayecto del agua cubrió hasta 10 metros de altura y su cauce arrastró a personas y animales; algunos perecieron, otros quedaron atrapados por la riada. El torrente derribó árboles, destruyó carros de tranvías y vagones de trenes y provocó el desplome de casas y edificios públicos.

Oficialmente fueron 50 víctimas y 2 millones de pesos en infraestructura dañada. El daño fue mayor, dijo la prensa crítica de la época. 

El periódico leonés El Obrero, dirigido por Jesús Rodríguez Frausto, imprimió un libro sobre la inundación, escrito por Joaquín González y González. El libro, de más de 240 páginas, es un gran reportaje que ilustra cómo la ciudad había sido azotada por históricas inundaciones y cómo afectó a Guanajuato en 1905. Puede ser consultado en http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080018170/1080018170.PDF.

La inundación de 1905 afectó a la ciudad capital desde la Presa de la Olla hasta El Cantador obligando a elaborar una Lista oficial de afectaciones. Entre los daños puede observarse el piso levantado por el agua.

Ponciano Aguilar, su tiempo y su circunstancia

La relevancia nacional y el poderío económico de la ciudad de Guanajuato permitieron su resurgimiento tras la inundación de 1905. Construcciones como la del Teatro Juárez, el Palacio de los Poderes (inaugurados en 1903) ilustraban su excelsitud urbana.

Se abría la posibilidad no sólo de reparar los daños, sino de también hacer cambios y mejoras a la ciudad. Ahí intervinieron sus hijos más capaces: entre ellos, Ponciano Aguilar.

Se trató de un ingeniero que nació en 1853 en la ciudad de Guanajuato. Fue minero de profesión. Se graduó como alumno sobresaliente del Colegio del Estado de Guanajuato (antecesor de la Universidad de Guanajuato) en 1876. 

Sobresalió en labores de administración, explotación y exploración de minas. Aplicó sistemas de extracción de agua muy eficientes y diseñando técnicas que mejoraban y aseguraban la explotación de minerales.

Su genio y talento fueron bien aprovechados: realizó numerosas obras civiles y públicas, además de ocupar cargos políticos. Bajo su dirección se materializaron obras como la Presa de la Esperanza, inaugurada en 1894.

Retrato del Ing. Ponciano Aguilar. Al centro, la necesaria obra de desviación de las aguas del Cuajín. En la tercera fotografía aparecen, al centro, el Ing. Ponciano Aguilar y, parado atrás de él, su último y más destacado alumno, el Ing. Eduardo Villaseñor Söhle. 

Tocó a Ponciano Aguilar dirigir los trabajos de reconstrucción de las calles Sopeña, Cantarranas, el Jardín Unión y la Plaza de la Paz en 1905, luego de la inundación. 

Se requerían obras de gran envergadura y también a su cargo estuvo el embovedado del río Guanajuato. Todo eso, empero, no garantizaba que la ciudad saliera mejor librada de una futura inundación.

El río Guanajuato bajaba de la Presa de la Olla y se internaba en calidad de colector de drenaje por entre el caserío de la cañada. Con otra futura lluvia intensa se desbordaría de nuevo. Se requería una obra adicional y ésa fue el túnel del Cuajín. Ponciano Aguilar fue supervisor del mismo, al que el oficialismo llamó “Porfirio Díaz”, nombre que la revolución habría de ocultar. 

El proyecto había sido aprobado el 10 de enero de 1822, pero comenzó a construirse hasta el 4 de junio de 1883 y fue suspendido en 1885 cuando apenas se habían perforado 135 m. de largo. Tras la inundación de 1905, la obra fue ejecutada finalmente por Ponciano Aguilar. Se reanudó su realización el 25 de junio de 1906. Con la utilización de técnicas italianas y maquinaria moderna para su época, además del talento ingenieril del constructor, se realizó el túnel que se sumaría a los de la época colonial y que posteriormente sería parte inicial de la red de calles subterráneas que ahora distinguen a la ciudad de Guanajuato en el mundo.

La inauguración fue el 15 de septiembre de 1908. El túnel empezaba en la Hacienda de San Agustín, donde ahora se encuentra el mercado de Embajadoras, y terminaba atrás de la Presa Pozuelos. Serviría para captar las aguas provenientes del Monte de San Nicolás y enviarlas fuera de la ciudad para que no la inundaran. 

El túnel tiene una longitud de 1,162 metros y su diámetro es de 7 metros. Usaron técnicas mineras en los túneles, aunados a técnicas italianas y maquinaria de vanguardia. 

Obras que se deben a Don Ponciano Aguilar: Aguilarita, Túnel del Cuajín y Presa de La Esperanza. 

Hombre formado en el positivismo del siglo XIX y uno de los constructores de la visión arquitectónica y urbanística porfirista, en 1914, estuvo preso —junto con otros notables, reconocidos por su labor durante el gobierno de Díaz— en la Alhóndiga de Granaditas tras ser acusado de detractor del movimiento revolucionario de 1910.

Al poco tiempo salió del encierro y se convirtió en un destacado miembro de la élite social y política de Guanajuato. Fue miembro del Casino Social Club, presidente del grupo Pro-Guanajuato (la primera organización en la ciudad para la preservación urbana), y vicepresidente, en 1923, del Concurso Fraterno Los Hijos del Colegio del Estado. 

Posteriormente habría de participar también en la construcción de la carretera Guanajuato-Dolores Hidalgo y en los proyectos de vías férreas que comunicaron las zonas del Bajío con los centros urbanos de León, Irapuato y Guanajuato.

Ponciano Aguilar murió en enero de 1935. Pasaron 30 años para que el río Guanajuato quedara entubado en su paso por la ciudad de Guanajuato.

Obras que honran la memoria del muy reconocido ingeniero: Túnel Ponciano Aguilar y Calle Ponciano Aguilar. 

Como testigos de esa inundación quedan las placas que en calles y plazas señalan hasta dónde subieron las aguas. De Ponciano Aguilar quedan el nombre a una calle y a un túnel construido en la década de 1990, además de que la Universidad de Guanajuato resguarda su colección de minerales y aparatos de su invención.

Guanajuato sería otro en el siglo XX. Llegaron la era del automotor y se le construyó una red de túneles. El río Guanajuato fue convertido también en vialidad y la Alhóndiga de Granaditas, que fuera una cárcel, pasó a ser un museo.

Fue un ave fénix urbana que surgió no del fuego, sino del agua. Ponciano Aguilar fue uno de sus reconstructores más trascendentes.